El pesimismo, al cual tenemos tanto derecho como al entusiasmo y al optimismo, se deja ver en esas miradas sombrías que a menudo son fruto del vértigo que provoca asomarse a las ventanas que abrimos sobre el Universo. Da miedo no conocer los límites, sin embargo nos empeñamos en saltarlos; así ha funcionado el hombre siempre en su relación con la ciencia.
Mary Shelley reflexiona en su Frankenstein sobre la osadía del hombre que se erige como creador de vida. La autora explica cómo surgió la idea del argumento de su relato, fruto de una especie de apuesta entre varios escritores que pasaban un verano en Suiza: Lord Byron, Mary y su esposo Shelley, conversaban una noche sobre ciencia y filosofía y decidieron escribir un relato cada uno, inspirado en esas divagaciones.
Este mismo entusiasmo del siglo XIX por la ciencia, mezclado con cierta expectación, no exento de miedo en algunos , se conserva hoy en el hombre que vive ya inmerso en la cultura digital. Realmente es asombroso el alcance de la tecnología en la vida del hombre, y por eso es un buen caldo de cultivo para opiniones reaccionarias que creen ver al monstruo de Frankenstein en cada nuevo avance. Un ejemplo es la actitud de la iglesia católica sobre los nuevos medios digitales de los que dice que “los nuevos lenguajes que se están desarrollando en la comunicación digital, que determinan «una capacidad más intuitiva y emotiva que analítica y una distinta organización lógica del pensamiento y de la relación la realidad, privilegiando a menudo la imagen y los enlaces hipertextuales”.
Sin embargo el hombre busca perfeccionarse y consigue, mirando el mundo al que pertenece, conocerlo y dominarlo, y en esto reside la grandeza de su empeño, aunque en principio resulte turbador lo que parece un desafío a la naturaleza. La idea de perpetuarse, prolongarse en el tiempo, permanecer, es sin duda un desafío a lo natural y lo biológico, pero el hombre sueña con la posibilidad. Desde el retrato en un lienzo, pasando por la fotografía y la película hasta la posibilidad que ya existe de grabar cada momento de la vida para vencer el paso del tiempo…crear memorias alternativas.
En la novela de Adolfo Bioy Casares La Invención de Morel, escrita en 1940, el protagonista llega a una isla remota, huyendo de la justicia, y observa cada día escenas de la vida de personas que ya no están en realidad, se enamora perdidamente de Faustine, que solo es una imagen del pasado, pero que parece vivir junto a otras personas, en un verano que se prolonga. Todo se produce a través de una máquina que logra grabar la vida y proyectarla en otro tiempo. El patético deseo final del personaje es que en un futuro alguien invente un artefacto capaz de reunir las presencias disgregadas y poder entrar en la vida de Faustine.





